CAMPO

Desde muy pequeño conocí el trabajo del campo. Mi padre tenía unos terrenillos de medias y me llevaba, cuando cerraba la tienda, los domingos y festivos, a echarle una mano. Cultivaba papas, millo, plátanos, calabazas, pantanas, bubangos, viñas, coles, judías, perejil, cilantro, rábanos, acelgas, peras, ciruelas y alguna otra cosilla. 

La platanera exigía un seguimiento riguroso. Abono, riego, limpieza del terreno y de los racimos, fumigación contra plagas,  corte de los racimos el día y a la hora correspondiente para la recogida y transporte hasta la carretera.

Generalmente, los días de corte y recogida de los plátanos eran los domingos. Hacia el jueves o viernes pasaba un operario de la compañía, que llamábamos el marcador, que revisaba las piñas y con un sello metálico hacía una indicación en el tallo del racimo, cuando consideraba que debía ser cortado y enviado a la carretera para su recogida.  Yo recuerdo a dos marcadores, uno era Salvador el de la playa y el otro era Marquillo (ironías del azar).

A mí me molestaba, sobremanera, que mi padre me llevara a trabajar a los terrenos. Yo, lo que deseaba, era que me dejara durmiendo. Pero eso ocurría en escasas ocasiones. Sin embargo, a la postre, considero que esa fue una gran escuela en la que aprendí a sopesar el valor del trabajo del campo y de los frutos del mismo. 

Los exportadores de frutas del pueblo (D. Manuel Brito, D. Olivier Méndez y D. Orencio Mora) le pagaban a los productores una miseria por el producto. En una ocasión apareció una empresa de la competencia, los Betancores, de Gran Canaria, asegurando que ellos pagaban el doble o el triple que los exportadores locales. Una gran cantidad de cosecheros se fueron con Betancor, entre ellos, mi padre. Y, en efecto, durante unos cuantos meses, pagaron mucho más que lo que estaban pagando los exportadores locales. Pero, pasado un tiempo, empezaron a diferir el día del abono y, al final, dejaron a un montón de cosecheros con fruta entregada durante casi un año que no llegaron a cobrar nunca.  Esto originó una diáspora de campesinos hacia el sur de Tenerife que vinieron a acelerar la costumbre que, de modo menos intenso, se había iniciado unos cuantos años antes de este suceso, porque ya las cosas en la agricultura iban mal mucho tiempo antes.

Yo fui testigo directo de esta injusticia y, así, cuando, teniendo trece años, suspendí en junio y volví a suspender en septiembre, y mi padre me dijo, con la cara roja a reventar, "o apruebas el próximo curso o te vienes a trabajar al campo", me puse las pilas. 

Toda la familia, tanto paterna como materna, se dedicaba a la agricultura a pequeña escala. A mi abuelo materno también tuve que ayudarle en diversas ocasiones, sobre todo en los días de zafra (abono y riego, recolección, traslado del producto a la carretera y otras labores afines).

Siendo un chiquillo, alguna vez llegué a pensar que estas labores eran de escaso valor. Cuando, algo más tarde, supe que ni la artesanía, la tecnología, la industria, ni los servicios habían estado detrás del inicio de las grandes civilizaciones humanas, sino la agricultura, me llevé una sorpresa mayúscula. 

"Atrevida que es la ignorancia, la noche de la mente, pero una noche sin luna ni estrellas", como dijo Confucio.