MEDICINA
¿Cómo se me ocurrió estudiar medicina?
Fue efecto del azar. Dudaba entre tres caminos, quimica y biología, además del electo. El día último de la matrícula seguía sin decidirme. Escribí cada uno en un papelito, lo doblé y los metí en el bolsillo El primero que sacara, sería. Y así fue.
Realmente, fue una decisión poco sensata. Pero fue la decisión de un joven. No tenía antecedentes familiares en esta rama del conocimiento. Mi padre era un pequeño comerciante y agricultor. Y mi madre decía que si no era hijo ni nieto de médicos que no había nada que hacer, que iba a ser tiempo perdido. No le faltaba razón, al menos en parte. Pero, la tuviera o no, ese tipo de mensajes a los chicos no son nada aconsejables. Estudié en la Universidad de La Laguna. Había elitismo, por parte de un gran sector del profesorado, con los estudiantes con pedigrí. Ese mismo sector u otro, quizás más amplio, no tenía amor por la docencia ni deseos de que recibiéramos una buena formación. Fue de dominio público, en los años setenta, que los médicos peor formados del país salíamos de la Universidad de La Laguna. Luego, la cuestión se desdibujó, primero, y se olvidó, más tarde, debido al alto déficit de profesionales.
No fui capaz de superar el examen de MIR, un rasero que, supuestamente, nos equipararía a todos los médicos del estado y nos abriría el camino a la especialidad. El deseo de inmiscuirme al mercado de trabajo, por una parte, la imposibilidad económica de financiar una academia, por otra, y un estilo personal caprichoso, por fin, dieron al traste con cualquier posibilidad al respecto, ya que caminos alternativos se me presentaron varios: Hospital Militar de Barcelona y de Málaga, por ejemplo. Los rehusé. Todos. Terco, hasta la saciedad.
Así que me formé ejerciendo con una formación muy precaria, primero en el ámbito rural y luego en un servicio de urgencias y de pediatría de un hospital, el hospital Virgen de los Volcanes, de Arrecife. Así, durante siete años, asumí la formación que quiera que sea que adquirí en materia asistencial. Por encima de todas las cosas, gané seguridad para dirigirme al paciente.
Hecho lo cual, en seguida, saqué las oposiciones de médico de equipos de atención primaria, del año 1986, incorporándome a uno de estos equipos, el equipo de atención primaria de Arrecife I, Titerroy, donde desarrollaría mi actividad de esta índole hasta el final de mi desempeño profesional.
En el año 1991 superé el concurso oposición de Médico de Administración Sanitaria en la Comunidad Autónoma Canaria, que me permitió trabajar, durante unos años, en los servicios de planificación centrales de la Consejería de Sanidad del Gobierno de Canarias.
En los años noventa, el Ministerio de Sanidad del Gobierno de España me acreditó para el ejercicio de la medicina de familia en la Unión Europea, que habría de ejercer hasta el año 2020.
En esta profesión, como en cualquier otra, he conocido muy buenas personas. También he conocido compañeros con otra orientación. No creo que, ni más, ni menos, que en la docencia, el comercio o la agricultura. Y menciono estas tres actividades porque las he conocido muy de cerca. La medicina por vocación, históricamente, ha tenido su peso específico. En la actualidad, prácticamente, no existe. Se trata de una actividad profesional con un objetivo financiero, indudablemente.
Cuarenta años de ejercicio precedidos de casi una década de formación pregraduada me forjaron como médico general o médico de cabecera, que es lo que me he sentido siempre. Ha sido una actividad profesional muy grata y que me ha proporcionado muchas satisfacciones. Aprendí a utilizar los sentidos, todos, incluido el común, para acercarme a los pacientes y hacerme una idea de lo que les ocurría. Siempre rechazé el uso indebido de la tecnología. No la tecnología. ¡Dios me libre! Me encanta acercarme a un paciente con mis ojos, mis manos, mi nariz, mis oidos y, sinceramente, mi lengua para hablar, porque nunca la utilizé para conocer el sabor de ningún líquido biológico. Con eso y el cúmulo de conocimiento y experiencia y engranándolo todo con el menos común de todos los sentidos, me llegué a sentir, frente al paciente, como pez en el agua.
Sin embargo, la burocracia, las trabas de la administración a la actividad, la dirección política, la ignorancia de los gestores, en general, la sobrecarga asistencial, la pérdida de la perspectiva, el interés financiero por la potenciación de la sanidad privada en detrimento de la pública, el debilitamiento del estado del bienestar y la constatación del empobrecimiento y el creciente sufrimiento de la población, en aras del enriquecimiento de las élites -no sólo sanitarias-, hicieron que progresivamente me sintiera incapaz de afrontar el empuje de una tarea que devino, a mi juicio, sobrehumana.